martes, 11 de julio de 2017

¡¡¡Quinto Aniversario!!!

Hace ya cinco años que comencé a escribir Los Fuegos de Vesta con el simple objetivo de llenar mis muchas, aburridas y larguísimas tardes muertas de joven desempleada, de reencontrarme conmigo misma y aquella pasión desbordante que me había impulsado a estudiar Historia, después de recibir más portazos y decepciones que alegrías tras abandonar la facultad, pero ahora, 343 publicaciones más tarde -¡¿cuándo me ha dado tiempo a escribir tanto?!-, puedo decir, con inmenso orgullo, que se ha convertido en mucho, mucho más: aquel batiburrillo bastante caótico de noticias y relatos cortos -bajo el nombre, ahora, de Relatos de la Antigua Roma- dio paso a historias más extensas -la desdichada Aquilia Severa, mi querido Euno, el Rey Esclavo, la valiente Drauca, la olvidada  Claudia Livila...- por las que poco a poco han ido desfilando Emperatrices a Esclavos, y comenzó a incorporar además artículos de divulgación -no os perdáis por ejemplo la serie de Mujer y Literatura o sobre el fin de la República Romana-, diversas biografías y este una nueva sección dedicada a Epitafios romanos

Gracias al blog, pero también al grupo de facebook y twitter, he conocido a personas fantásticas, leído cosas maravillosas y descubiertos lugares inolvidables, que han hecho que mereciera la pena todos y cada uno de los minutos delante del ordenador. Así pues, como los cuatro años anteriores, esta no es una celebración exclusiva mía, sino que la quiero compartir con todos vosotros, aquellos que la han hecho posibles, los responsables de esas 413.700 visitas que ya registran Los Fuegos de Vesta -es decir, que sólo en este año se han cuadrupliado el número de visitas de los cuatro años anteriores juntos!!!-, esos 4211 seguidores en facebook -se me salen un poco los ojos de las órbitas cuando veo esas cifras-, 237 en google, 69 en blogger, 1740 en twitter, y, por supuesto, tantos y tantos anónimos que han dedicado aunque fuera un sólo minuto de su tiempo a cada noticia, relato o artículo.

De todos vosotros es sin duda el increíble logro de haber alcanzado, no sin dificultad y algún conato de rendición -primero el máster, ahora el doctorado... creo que debería dejar de dormir...-, estos cinco años mucho más que mío, y no hay mejor forma de agradecéroslo que llegar a un quinto año... y seguir creciendo. Si, creo firmemente que ha llegado la hora de expandir aún más el mundo de Los Fuegos de Vesta y mientras me preparo para daros lo que espero sea una grata sorpresa -aunque temo no poder concretar una fecha-, sólo me queda añadir:


¡¡LARGA VIDA A LA DIOSA VESTA!!

sábado, 8 de julio de 2017

La casta Virginia

En nuestra revisión del papel de las mujeres en la obra de Tito Livio (ver nuestros artículos anteriores Lavinia, Las Sabinas, Tarpeya y Tulia: las mujeres en la obra de Tito Livio y El mito de Lucrecia) había una ausencia destacada, si bien por desgracia poco conocida: la trágica historia de una virgen plebeya llamada Virginia, sucedida durante el Decenvirato. Para comprender su desarrollo, y sobre todo, la decisión final del padre de la protagonista de este artículo, debemos analizar, aunque sea de forma breve, una de las cualidades más apreciadas según la literatura latina en toda mujer romana: la castitas. La castitas romana, al contrario que el concepto actual de "castidad" -fuertemente influido por el cristianismo-, no constituía una renuncia a las relaciones sexuales, sino a cualquier tipo de contacto íntimo fuera de los principios morales y religiosos imperantes, es decir, cualquiera que se diera fuera del matrimonio; por consiguiente, no sería una promesa de abstinencia sexual, sino un voto de fidelidad a un sólo hombre. No obstante, la castitas romana era, principalmente, un ideal de integridad sexual del cuerpo de la mujer romana; ello suponía negar a la mujer cualquier posibilidad de convertirse en objeto y deseo sexual no sólo de cualquier hombre que no fuera su legítimo esposo, sino incluso de éste. Actos tales como desear el cuerpo de la esposa, pretender que disfrutara de la relación sexual o tomara parte activa de la misma, o incluso ansiar verla desnuda, ya fuera parcial o totalmente, suponía degradar su dignidad como matrona, aniquilar su castitas, equipararla simple y llanamente con una prostituta o una esclava. Es la defensa de la castitas de su prometida Virginia lo que lleva a Lucio Icilio a pronunciar su encendida arenga contra el sistema del Decenvirato.

El Decenvirato fue una magistratura extraordinaria de la República romana establecida en el siglo V a.C. en el marco de la lucha entre patricios y plebeyos, y pensada para reemplazar a los cónsules. Los decenviros disponían no sólo de poder consular, sino que tenían también amplias funciones judiciales y religiosas. La misión principal de los decenviros era redactar nuevas leyes pensadas para regular las relaciones entre ciudadanos y sustituir del derecho consuetudinario-que tantas disputas había causado entre patricios y plebeyos por la interpretación libre y la aplicación severa que los primeros hacían de las leyes en perjuicio de los segundos -por un derecho escrito, normativa que tomaría cuerpo en las llamadas Leyes de las XII Tablas. El decenvirato se mantuvo durante dos años, siendo ocupada por dos colegios de decenviros sucesivos. El primero, formado por patricios exclusivamente y presidido por Apio Claudio Craso, redactó las primeras diez tablas. El segundo, formado por patricios y plebeyos y bajo la misma presidencia, fue mucho menos efectivo, pues su labor se limitó a sólo dos tablas. Además, se vio profundamente afecta por ambiciones personales y, al término de su año de gobierno, sus componentes se negaron a dimitir, como era normativo, manteniéndose ilegalmente en el poder y ejerciéndolo de forma despótica. El fin de su gobierno se vería marcado, al igual que la Monarquía romana derrocada varias décadas atrás, por el abuso cometido contra una mujer. En el caso de la Monarquía, la violación de Lucrecia; en el caso del Decenvirato, el abuso cometido contra Virginia. La historia de ambas mujeres, de hecho, guarda una enorme relación entre sí, tal como nos la narra Tito Livio en su Libro III, 44-58, quién afirma al comienzo de su relato:

"A esto (la muerte de Lucio Sicio) le siguió una segunda atrocidad, resultado de una lujuria brutal, que ocurrió en la Ciudad y llevó a consecuencias no menos trágicas que las que tuvo el ultraje y muerte de Lucrecia, que había provocado la expulsión de la familia real. No sólo tuvieron los decenviros el mismo final que los reyes, sino que la causa para que perdiesen el poder fue el mismo en ambos casos" (Tito Livio, III, 44)

Al igual que Sexto Tarquinio por Lucrecia, Apio Claudio, presidente del colegio de decenviros, sintió lo que Livio califica como "una lujuria brutal" y "una pasión culpable" por Virginia "una virgen de nacimiento plebeyo. El padre de la niña, Lucio Verginio, tenía un alto rango en el ejército de Álgido; era un hombre de carácter ejemplar, tanto en casa como en el campo de batalla (...) Había prometido a su hija con Lucio Icilio, que había sido tribuno, un hombre activo y enérgico". De nuevo, igual que Sexto Tarquinio intentó conseguir cumplir sus deseos mediante ruegos y juramentos de amor, Apio "trato de prevaler sobre ella (Virginia) mediante regalos y promesas". Ello equivale a la primera y segunda violación de la castitas de Virginia, no sólo porque al intentar convencerla con presentes la equipara, de forma consciente o inconsciente, con la prostituta que vende su cuerpo, si no también porque la ha convertido públicamente en objeto y sujeto de su deseo sexual, impensable hacia toda mujer romana que se preciara y respetara, una pasión además ilegítima, puesto que Claudio ni es su marido, ni su prometido, ni pretende serlo. Sin embargo "su virtud (la de Virginia) era a prueba contra toda tentación", y Apio, como Tarquinio, finalmente "recurrió a la violencia brutal y sin escrúpulos". Aprovechando, como Sexto Tarquinio, la ausencia de un padre y una prometido o marido que pudiera proteger a la mujer objeto de su deseo:

"(Apio Claudio) encargó a un cliente, Marco Claudio, que reclamase a la muchacha como su esclava y no cediese a ninguna demanda de los amigos de la joven para retenerla hasta que el caso fuera juzgado, pues pensaba que la ausencia del padre le daba una buena ocasión para este desafuero. Cuando la chica iba a su escuela en el Foro, el secuaz del decenviro la agarró y manifestó que ella era hija de un esclavo suyo, y ella misma esclava. Luego le ordenó que le siguiera y la amenazó, si vacilaba, con llevársela por la fuerza (...) (Marco Claudio) había ensayado una historia que ya conocía perfectamente el juez (Apio Claudio), pues éste había sido el autor del argumento. Cómo había nacido la muchacha en su casa, robada de ella, llevada a casa de Virginio y presentada como su hija" (Tito Livio, III, 44)

Apio, pues, pretende aniquilar por completo tanto la castitas como la dignitas de Virginia, pues al pretender convertirla, por medios ilegales, en su esclava, no sólo tendrá acceso irremediablemente a su cuerpo cómo y cuando quiera desde su posición dominante de amo, sino también destruirá su propia identidad al negarla algo tan inherente a la misma como era su ciudadanía. Y todo parece indicar que podrá lograr su deseo. Aunque la multitud reunida en el Foro, a los gritos de la sierva de Virginia, se opuso a esta acción, pues tanto el padre de la muchacha, Virginio, como su prometido, Lucio Icilio, eran muy respetados, forzó a Marco a llevar el caso ante los decenviros, que estaban encabezado por el propio Apio Claudio, lo que obviamente no auguraba un juicio justo. En el tribunal los defensores de Virginia manifestaron que su padre estaba ausente, como lo estuvo también el padre de Lucrecia años atrás, y que debía ser llamado para defender a su hija. Pero Apio Claudio no estaba dispuesto a renunciar a su presa tan fácilmente, aunque tuviera que pasar por encima de las leyes que él mismo colaboró a fijar por escrito: "Pidieron que se interrumpiese el procedimiento hasta la llegada del padre y que, de acuerdo con la ley que él mismo había redactado, se entregase la custodia de la muchacha a quienes asegurasen su libertad, y que no pudiese la doncella en plenitud sufrir peligro en su reputación (es decir, que no se abusara de ella de ninguna manera, ni física, ni mental ni por supuesto sexualmente). Su decisión (...) fue que se citase al padre y, en el entretanto, el hombre que la reclamaba no debía renunciar a su derecho a llevarse a la muchacha y dar seguridad de que se presentaría con ella a la llegada de su presunto padre" (Tito Livio, III, 44-45). 

Es importante el matiz: Apio ordena que Marco se comprometa a presentarse con Virginia en el tribunal cuando su padre pueda al fin comparecer, pero no dice absolutamente nada de que deba mantener intacta su reputación. Así pues, Apio no descarta declarar finalmente que todo ha sido un simple malentendido y devolver a la muchacha a su casa cuando su padre comparezca dos días más tarde, pero no antes de haber abusado de ella. El prometido de Virginia, Lucio Icilio, se da cuenta de sus intenciones, e irrumpe a gritos en el tribunal:

"Por tus órdenes, Apio, se me expulsa a punta de espada para ahogar cualquier comentario sobre lo que quieres mantener oculto. Me voy a casar con esta doncella y estoy decidido a tener una esposa casta (...) Desahoga tu crueldad en nuestras espaldas y cuellos; pero deja a salvo, al menos, el honor de nuestras mujeres. Si se hacia violencia a esta muchacha (...) no podrás ejecutar tal sentencia sino al precio de nuestras vidas. ¡Reflexiona, Apio, te lo pido, el paso que das! Cuando Virginio haya venido, él deberá decidir que acción tomar acerca de su hija; si accede a la pretensión de este hombre, tendrá que buscar otro marido para ella. Mientras tanto, reivindico su libertad al precio de mi vida, antes que sacrificar mi honor" (Tito Livio III, 45)

Así pies, Icilio está decidido a morir si es preciso, pero no por Virginia, hacia la que no parece sentir ningún tipo de sentimiento amoroso, sino por su castitas, requisito indispensable para que algún día pueda ser su esposa y cuya existencia garantiza su honor como futuro marido. Si Virginia pierda esa cualidad, incluso por decisión de su padre, Icilio renuncia a casar con ella y, apartándose a un lado, permitirá que Apio haga lo que quiera con ella. Sin embargo, esa no es la intención de Virginio ("¡Es a Icilio y no a ti, Apio, a quién he prometido a mi hija!; la he criado para el matrimonio, no para el ultraje" Tito Livio III, 47). Apio lo sabe, y por eso intenta por todos los medios impedir que Virginio declare: pretende interceptar los mensajeros que se le envían, ordena que no se le concede permiso para ausentar del campamento, sugiere incluso que se le arreste, y cuando todo eso falla, y Virginio se halla ya en el Foro, le impide hablar e intenta desviar las acusaciones contra él relativas a Virginia acusando a los partidarios de padre e hija de sedición: "El decenviro, totalmente poseído por su pasión, se dirigió a la multitud y les dijo que había comprobado, no sólo por el insolente abuso de Icilio el día antes y por la violencia de Virginio que el pueblo romano podía atestiguar, sino por una información definitiva que le había llegado, que durante la noche se habían celebrado reuniones en la Ciudad para organizar un movimiento sedicioso. Avisado del riesgo de disturbios, había venido al Foro con una escolta armada, no para herir a ciudadanos pacíficos, sino para afianzar la autoridad del gobierno acabando con los perturbadores de la tranquilidad pública" (Tito Livio, III, 48). Y así, valiéndose de la fuerza y de su posición privilegiada como presidente del colegio de los decenviros, Apio consigue su deseo y declara que Virginia es esclava de Marco. "La gente retrocedió y dejó a la niña abandonada a la injusticia. Virginio, no viendo ayuda en ninguna parte, se dirigió al tribunal: "Perdóname, Apio, si he hablado sin respeto, perdona el dolor de un padre. Permíteme que interrogue aquí a su nodriza, en presencia de la doncella, por los hechos exactos del asunto; pues si he sido llamado padre con engaño, podría dejarla marchar con la mayor resignación"" (Tito Livio III, 48)

Se trata de una trampa: "Habiendo obtenido el permiso, llevó a la muchacha y a su ama de cría junto a las tabernas cercanas al templo de Venus Cloacina (...) y allí, empuñando un cuchillo de carnicero, lo hundió en su pecho diciendo: "Hija mía, ésta es la única forma en que puedo darte la libertad" (Tito Livio III, 48). Al contrario que Lucrecia, quién se da muerte así misma para eliminar la impureza que ha dejado en su cuerpo la violación de Sexto Tarquinio, Virginia no puede elegir ese camino, sino que a de ser obligatoriamente su padre quién la libre de la deshonra. En el relato de Livio (recomendamos nuevamente leer nuestro artículo anterior El mito de Lucrecia), la noble Lucrecia se opone a Sexto Tarquinio, se resiste al destino que este quiere imponerle, y cuando no tiene más remedio que aceptarlo, no se resigna: llama a su padre, a su marido y a dos testigos, expone los hechos y finalmente pone fin a su vida por su propia mano. Lucrecia ejerce un papel activo en su tragedia, tiene lo que el propio Livio llamó "un ánima masculina". Virginia no. Ella no se resiste cuando Marco Claudio la secuestra por la fuerza en el Foro, se deja llevar aquí para allá por los partidarios de Apio o de su padre sin pronunciar una queja, y finalmente, cuando la condenan a la esclavitud, no hace tampoco nada. Lucrecia era un sujeto, Virginia sólo es un objeto. La prueba más fidedigna del papel pasivo de Virginia es que, también al contrario que Lucrecia, jamás toma la palabra en su propio relato, sino que guarda un absoluto silencio. Así pues, debe ser Virginio, uno de los agentes activos del relato, quién tome la iniciativa y ponga fin a la deshonra de su familia, aún a costa de su hija. 

Su muerte, como la de Lucrecia, pone fin a un gobierno injusto mediante la misma puesta en escena (Tito Livio III, 48): el cuchillo ensangrentado, la multitud de simpatizantes, mostrar el cuerpo sin vida de la víctima al pueblo, pronunciar una arenga contra el culpable y todo cuanto él representa.... Todas estas semejanzas y las ya expuestas anteriormente han llevado a muchos a considerar que la historia de Virginia está inspirada en la de Lucrecia y que si bien, no necesariamente es por entero una invención, si toma muchos elementos prestadas de la misma. Sin embargo, como hemos visto, aunque muchas partes de su desarrollo puedan tomarse prestadas de la violación de Lucrecia, ambas protagonistas, en cuantos a su actitud, son diametralmente opuestas y, por tanto, debió tratarse de dos mujeres distintas, influidas por dos épocas y dos educaciones distintas.


IMÁGENES.
Fotografía 1: "Virginius y su hija" (1897) en la ciudad de Tervuren. Obra de Élise Bloch
Fotografía 2: "La muerte de Virginia" (1878). Obra de James Sheeidan Knowles
Fotografía 3: "La muerte de Virginia" (1760). Obra de Francesco de Mura
Fotografía 4: "La muerte de Virginia" (1857). Obra de Nikolay Ge
Fotografía 5: "El destino de Virginia" (1882). Obra de Camillo Viola
Fotografía 6: "La muerte de Virginia", grabado de 1838